La Historia, como género del conocimiento humano, no sólo comprende la memoria cronológica de los hechos, sino la conclusión moral de los mismos. Es por ello que representa, como disciplina, uno de los campos de batallas por excelencia, una parte fundamentalísima del todo de la guerra, de esa única y eterna guerra que, en el caso que nos ocupa, venimos librando entre grupos genéricamente polarizados entre izquierdas y derechas en el empeño de dar solución a un conflicto que determina vitalmente nuestro modo de existencia. Queda claro que en este empeño unos quedan claramente definidos como malos y otros como buenos, más cuando de esa existencia depende la suerte buena o mala de los demás, siendo en este caso toda media tinta precisamente lo que nos conduce al error de cerrar en falso un conflicto cuya única solución posible se pone cada vez más en evidencia, en una evidencia ya viciosa cada día. Que a nadie le quepa la menor duda de ello. Es por eso que “La Historia”, como sucede con la Información, con la educación y ya con poderes directos como la justicia, como la economía, como los poderes de gobierno en general, forman esa parte más, importante como la que más, en esa vertiginosa guerra que si por un lado es inevitable e imprescindible ante la imposibilidad absoluta de convivir, por otra desbanca, malogra toda posibilidad de aplicar, de hacer real, los conceptos teóricos de democracia y de estado de derecho. Justamente esos conceptos ideales o por desgracia hasta ahora sólo ideales con que a los regímenes, a los gobiernos ilegítimos y a los gobiernos de turnos se les llenan toda la boca en su propaganda, en esa propaganda invariable y siempre de guerra que persigue la hipoteca absoluta de la moralidad del bien destinado precisamente a disfrazar una naturaleza radicalmente contraria con que, por extensión demonizan, multiplicándola, al bando contrario. Todo un aberrante panorama que forma de por sí la fuente mezquina de la historia en esta guerra, de una historia oficial que nada tiene que ver con lo que ocurrió, que nada, pero nada tiene que ver con la verdad.
Por ello es imposible abordar el estudio real de la historia desde ciertos academicismos, mayoritarios por desgracia, instalados como palabra y memoria de prácticas ilegales y hasta criminales de poder.
Es por ello que la historia, como eje fundamental de una hasta ahora utópica armonía y coherencia de sistema, debe ser llamada a una revisión total y profunda, ya que sin ello será imposible la erradicación todas esas prácticas de poder que provocan inevitablemente y por simple conflicto elemental de intereses, el malvivir de toda la base social.