Hoy el régimen castrista celebra por todo lo alto una fecha que, en su momento, se interpretó y caló como lo que fue, es y será siempre: un acto terrorista. Se comentó en la prensa de entonces y en el “boca a boca” de la población santiaguera como el masacramiento de al menos una parte, de un grupo de soldados que dormían desarmados, que disfrutaban, desarmados por el rigor interno del cuartel, de su tiempo libre o descanso nocturno. Fue así como se transmitió la noticia entre la población de Santiago de Cuba y fue así como lo reflejó toda la prensa de la época, desde la más conservadora hasta la más liberal.
Una parte de esos soldados fueron tiroteados mientras dormían y otros, mientras corrían al depósito de armas para repeler la agresión. Por suerte, dentro de lo que cabe, el balance trágico entre los soldados no fue mayor dada la impericia de semejantes forajidos y dados, a fin de cuentas, los mismísimos objetivos de la acción. Pasamos a explicarlo:
De los hechos mismos y de las claras incongruencias de la propaganda castrista sobre éstos, sale la verdad, amen, por supuesto, de los testimonios de buena parte de los protagonistas, ahora en el exilio o en las filas de la disidencia activa.
El ataque y pretendido asalto al “Cuartel Moncada” no se planeó como una acción propiamente militar, ni mucho menos, en consecuencia, para lograr un objetivo claramente militar. No, a tenor de la propia previsión castrista de que semejante acción no pudiera ser coronada con un éxito militar. Tal “ataque” se planeó para provocar en una opinión pública, muy sobretodo en los círculos políticos abanderados de la oposición a Batista en La Habana, un golpe de efecto y relevancia en torno a un solo hombre. Tal acción se planeó, fundamentalmente para ello, para provocar ese claro golpe de efecto a nivel nacional, que catapultara a Castro al estrellato político y lo convirtiera en lo que infructuosamente había estado intentando entre estos grupos, tiempo atrás en La Habana.
El principal, o mejor expresado, el único objetivo de aquella acción, no era emprender propiamente una guerra contra Fulgencio Batista. Incluso si la suerte fuera favorable y por pura casualidad tal acción fuera coronada con el éxito, el objetivo seguía siendo el mismo, naturalmente, con mucho mayor impacto. Y éste no era otro que lograr, con el mayor sensacionalismo posible, ese golpe mediático tanto en esos círculos políticos que hasta entonces, centraban todo el protagonismo de la oposición no precisamente política, sino violenta, contra Batista, como sobre todo, en toda la población cubana en general, en la que generar ese pretendido movimiento propio que ya tenía nombre de antemano: “El Movimiento 26 de Julio.”
La simple y clara posibilidad de que estos grupos de La Habana lograran un levantamiento popular que derrocara al gobierno de Batista y los aupara al poder, desde luego también en clara forma de dictadura, marcaba todo el recelo y toda la obsesión de competir en el empeño, que movió y mueve al actual tirano de Cuba.
El M26 se produjo para eso, para competir y para superar con creses a las acciones de los llamados grupos revolucionarios de La Habana. Muchos cubanos creen, por esa propaganda castrista que se repite literalmente a diario, que incluso aquellos hechos precedentes a manos de los primeros, forman parte de la revolución de Castro, y que están relacionados directa e indirectamente con su liderazgo. Generaciones enteras de cubanos han creído y creen, por el adoctrinamiento, que todos aquellos hechos provocados por los grupos de La Habana forman parte de la historia de la “guerra” que libró Fidel Castro para hacer triunfar su revolución, y por tanto creen, por asociación genérica, que se ejecutaron indirecta y hasta directamente por su propia mano, por su liderazgo, por su omnipotente protagonismo. Nada más incierto y diametralmente diferente a ello.
Castro había intentado, desde que llegó a La Habana, no sumarse simplemente como uno más a estos grupos y violentos movimientos estudiantiles, sino penetrar directamente en sus cúpulas y alcanzar, en breve tiempo, el liderazgo de éstas. Si esto hubiese ocurrido así, tengan la absoluta seguridad, estimados lectores, de que el asalto al cuartel Moncada, no se hubiese producido jamás, o al menos no en los términos en que se produjo. Castro fue repelido una y otra vez de los diversos grupos estudiantiles en los que intentó hacerse con el control, más que nada por obvias razones del enfrentamiento producto del conflicto personal que genera el anhelo y la posesión de cualquier tipo de poder. Hasta fue considerado por muchos de aquellos líderes recelosos, como un individuo sumamente peligroso al que sencillamente había que apartar, dado que sus incomparables ansias de poder y su inigualable sed de protagonismo no eran compatibles con los objetivos y con las líneas generales de aquellos grupos que encabezaban. Unos grupos que, por su relevancia, eran los que únicamente interesaban a Castro, dada la cantidad de seguidores que tenían tanto dentro como fuera de la universidad, y por las claras perspectivas que tenían de convertirse en todo un movimiento nacional que terminaría desembocando inevitablemente en el poder, o cuanto menos, en una parte considerable de cuota de poder dentro del estado. Pero Castro fue marginado una y otra vez en estas plataformas política subversivas y en los congresos políticos estudiantiles tanto en la universidad de la Habana, como los celebrados en Centroamérica. Por ello ideó el asalto al cuartel Moncada. Lo ideó para lograr ese perseguido protagonismo y para crear un movimiento que arrebatara a los seguidores de esos grupos líderes de La habana en la oposición a Batista, relegándolos a un segundo plano, y finalmente a su adhesión o a su disolución. Ese era simple y llanamente el motivo del asalto al Moncada.
El plan era muy conciso y hay que decirlo, mediáticamente certero, pese a cuantas evidencias grotescamente reveladoras hayan en sus actos. Unas evidencias que desde luego no importaban en ese momento; pero que con el tiempo se convertirían en la pruebas de los únicos motivos que han movido siempre a la dictadura castrista. Pruebas que a fin de cuentas evidencian el inicio de la gran trama que resultó posteriormente toda la “Revolución de Castro,” y que denotan particularmente el gran fraude que supuso aquel hecho vergonzoso de terrorismo, al contrastarla con esa delirante versión épica inoculada en las generaciones actuales de cubanos.
El plan, mediáticamente hablando como hemos dicho, consistía en generar un hecho que fuese lo bastante espectacular y dramático para que conmoviera a toda la opinión nacional. Como su objetivo fundamental era lanzar a la primera plana política del país el nombre de Fidel Castro, no como “mártir” sino como “héroe,” éste tenía que resultar ileso de semejante acción prácticamente suicida o claramente suicida, como llegó a ser definida por algunos detractores de su propio grupo que, posteriormente, fueron asesinados por órdenes del propio Castro.
Para realizar el asalto, se planificó un peculiar escalonamiento de las acciones, que asegurarían la vida de Castro. Naturalmente, los entresijos de semejante plan eran desconocidos por los que potencialmente iban a morir; porque de eso se trataba además, de general mártires para el naciente movimiento; de que los asaltantes, después de matar, fuesen previsiblemente aniquilados de una u otra manera, para crear esos productivos mártires que otorgarían en consecuencia mayor fuerza dramática y “moral” a los sucesivos discursos de Castro, ya como claro e indiscutible líder de todo un movimiento nacional.
El golpe no podía ser en La Habada, en primer lugar por lo inaccesible, militarmente hablando, de las instituciones armadas ya que tenía que tratarse de eso, de una institución u objetivo armado; de un objetivo militar que confiriera al hecho un rango de guerra y de “incomparable valentía y heroísmo,” que superara las acciones de los grupos de La habana, las cuales se producían generalmente o siempre sobre instituciones civiles. Por ende, no podía tratarse de una institución civil, por difícil e importante que fuese. Por lo tanto, tenía que ser un objetivo militar, y no cualquiera, sino uno que fuera claramente accesible, que no presentara una oposición armada que aplastara sencillamente el intento quedándose en ello, en un simple y alocado intento que terminaría poniendo en ridículo al propio Castro. Por ello, tenía que ser un objetivo militar accesible, o sea, que representara una determinada facilidad como presa, al menos para que los asaltantes pudieran entrar y matar con cierta facilidad antes de que previsiblemente fuesen aniquilados. Además de ello, tenía que ser un objetivo que no se conociera en La Habana y cuyo nombre, simplemente como nombre: “Cuartel Militar,” disparara las imaginaciones épicas en la capital, provocando la exageración de los hechos, ya partiendo de la asociación genérica de “Cuartel Militar”, con una literal “Fortaleza Militar inaccesible y fuertemente armada y protegida, en perenne estado de alerta.” Por ello se eligió Santiago de Cuba, donde ciertas evidencias reveladoras de la triste verdad de aquel “asalto” quedaran convenientemente en sus fronteras, importando sólo lo que mediaticamente, como golpe de efecto, llegaría a La habana y al resto del país mediante la prensa, aunque ésta tratara a los asaltantes como lo que son, como auténticos terroristas, lo cual obviamente era de claro provecho propagandístico para Castro. La realidad de aquel hecho quedaría además transformada y catapultada hacia una ilimitada exageración por las consecuencias de la propagación de la noticia mediante el boca a boca; lo cual, sin dudas y muy previsiblemente en los planes castristas resultaba muy favorable y estimadísimo.
Por ello se eligió el Cuartel Moncada. Un pequeño y rutinario cuartel, destinado a la simple y mecánica instrucción militar de nuevos reclutas, cuya vida en su interior, fuera de este acometido militar, era rigurosamente ordinaria y marcada por el “cubaneo” desenfadado que le imprimía la ciudad donde se hallaba. Ello se traducía en un centro donde, fuera de sus horarios y actividades de instrucción y de la simple e institucional presencia militar ( ni remotamente lo que los “hijos del castrismo” entendemos por ésta ) vivía literalmente mezclado y en concordancia con los hábitos culturales de esa ciudad, lo cual se traducía en pases más o menos diarios de sus soldados para disfrutar de las rutinarias fiestas locales; lo que se traducía en una integración a la ciudad, propia de una institución militar que no se hallaba en guerra contra nadie, que no estaba en guerra contra su pueblo, que vivía en plena simbiosis con él; lo que se traducía en una institución que no estaba marcada por una ideología que le hiciera ser excepcionalmente impositiva y recelosa en términos militares. O sea, que muchas veces, o mejor dicho, fuera de los contadísimos períodos de maniobras anuales, ni siquiera había guardianes en la entrada y era habitual ver como por ésta entraban, sin más, los familiares de los soldados y las demás visitas sentimentales. En fin, un lugar normal, militar que no militarizado, cuya naturaleza castrense sólo se advertía cuando entraba y salía alguien de uniforme o si se reparaba concientemente en las insignias institucionales que flanqueaban la entrada. En resumen: una “presa fácil.”
Se eligió para la acción una hora conveniente, en que los soldados, o estaban como civiles disfrutando de la noche santiaguera o se hallaban en su interior practicando ese otro deporte nacional y habitual para estos lugares: el dominó; sino estaban ya, buena parte de ellos, simplemente durmiendo, sin otra arma que el típico calzoncillo militar largo, ya que todas las armas, excepto las que excepcionalmente portaban los centinelas muchas veces incluso sin municiones para cumplir sólo con los eventos de rigor propiamente militar, se hallaban siempre en el depósito de armas, controladas por el oficial de armas, bajo llave.
La acción se produciría, según el plan, escalonadamente. Primero llegarían al cuartel un primer grupo que, inexplicablemente como estrategia militar o explicablemente para los objetivos que se perseguían, emprenderían las acciones de hostilidad antes de la llegada del segundo grupo, cuya misión, no muy clara, era actuar como apoyo o refuerzo. Naturalmente, en ese segundo grupo, en un coche aparte, iría Castro, previéndose en el secreto de las operaciones dentro de su propio grupo, el que nunca llegaría a la zona de conflicto.
El primer grupo penetró literalmente, como pedro por su casa, al cuartel, asesinando literalmente a reclutas indefensos y desarmados; pero la agresión fue inmediatamente repelida por el hábito de los oficiales de llevar en todo momento armas cortas, lo cual dio tiempo al armero para abrir el depósito de armas, y ser finalmente tomadas en zafarrancho por los pocos soldados que allí habían. En nada, unos locos forajidos quedaron enfrentados a un grupo de soldados que al menos sí estaban entrenados. Entonces el “cazador” se convirtió repentinamente en “cazado” y emprendió su huída.
Ni siquiera está claro si llegaron a entrar, en la procura del botín de las armas para “hacer la revolución” como repite incesantemente Castro en las actuales escuelas cubanas. Es muy probable que simplemente, se hayan limitado, por la impericia y muy sobretodo por el temor a la muerte, a disparar desde fuera sobre todo el edificio, sin poder siquiera agrupar los disparos sobre los previsibles y eventuales focos de fuego de respuesta, localizados por fuerza en las puertas y en las ventanas. Apropósito de esto, estamos ya ante una de las pruebas que desmontan la encumbrada versión castrista, y es lo siguiente:
Si los disparos iniciales de los asaltantes se produjeron para entrar al inmueble, supuestamente para abatir a los centinelas, los primeros no hubiesen podido entrar, ya que la resistencia de éstos habría dado tiempo más que suficiente para que se activara en el interior del cuartel todo un protocolo defensivo, más aún cuando los disparos de los asaltantes estaban completamente difuminados en la fachada del edificio y no se agrupaban sobre los previsibles focos de resistencia. ( Sobre esto último hay que acotar, que hablamos de los disparos reales, no de los que actualmente aparecen dibujados por el casticismo en la fachada del cuartel. En relación a esto hay que señalar que el arma predominante de los asaltantes era un escaso calibre 22 con el cual, aunque llenasen literalmente de plomo la fachada, los perdigonazos < también llevaban escopetas de perdigones > quedarían como picadas de mosquitos sobre un elefante. Desde el plano habitual de la foto que cancinamente propagandiza Castro, las salpicaduras de los disparos se perderían con la textura áspera de la fachada. En cambio las fotos habituales muestras agujeros que sugieren, porque eso es lo que hacen, una ametralladora pesada de al menos un calibre 30 ó 50, la cual no tenían ni tuvieron en ningún momento del asalto los terroristas. Es además significativo señalar, extendiéndonos en estas pruebas, que el "dibujo" del impacto del proyectil, en la propaganda Castrista, parece haber sido meticulosamente esculpido, muy a diferencia del tipo de rompimiento que provocan los impactos de gran calibre sobre el hormigón, que diseminan muchísimo más el radio al no hallar un plano de salida, más aún en el caso de una fachada revestida mediante enlucido de cemento. )
Si los disparos sobre la fachada del cuartel se produjeron después de salir, tal imprecisión de fuego habría bastado para aniquilarles allí mismo, o para ser atrapados en un infranqueable cerco policial.
El segundo coche, donde iba Castro, se había dirigido a zona segura para practicar, con antelación a los acontecimientos, su huída. Según declaraciones posteriores del propio Castro, “se habían perdido y no habían llegado a tiempo a las operaciones.” O sea, Fidel Castro, natural de Santiago de Cuba, se había perdido en las calles de una ciudad muy pequeña, fácil y sobradamente conocida más que como la palma de su propia mano. Posteriormente los comunicadores propagandísticos del tirano expelieron un sinfín de mentiras, referidas a supuestas beligerancias de éste durante los hechos, dirigiendo a los asaltantes y enfrentándose, pistola en mano, a las fuerzas policiales que más tarde le perseguían. Lo cierto fue que Castro no acudió a su planeado asalto al rutinario cuartel Moncada y se cobijó en sitio seguro para practicar con seguridad el plan trazado. La verdad es esa, repetimos: Castro no acudió, conscientemente, a su planeado asalto al rutinario Cuartel Moncada.
Los santiagueros se tomaron con asombro y perplejidad la noticia, sin entender en ese momento para qué habían realizado semejante villanía, tildando a los asaltantes, ya desde un inicio, de locos y de forajidos. Poco tiempo después, la célula de propaganda y “clandestinaje” se ocupó de inocular en la población santiaguera una versión diferente a los hechos, comenzando con ello la gran rodadura histórica de la versión castrista, que ha crecido en una épica delirante a lo largo del tiempo, lo mismo que una bola de nieve rodando por una montaña. Otra cosa muy diferente ocurrió en La habana, donde desde un principio y pese a los descalificativos de la prensa, el acto se tomó como algo grandioso y valiente. El boca a boca, marcado entre otras cosas por las elocuciones de los ya emisarios castristas o del ya “grupo de Castro” le dieron a éste el protagonismo que siempre había perseguido, coronándolo más aún por la última etapa del plan al asalto al cuartel Moncada: el apresamiento de Castro y el más que sensacional juicio político que mantendría en hipnótica atención a todo el país. Un juicio que supondría toda una plataforma política para convertirse en el protagonista “indiscutible,” mediáticamente hablando, de toda oposición a Batista ya no sólo en La habana, sino literalmente en todo el País.
Todo esta farsa hubiese sido imposible, si Castro no hubiese sido, como lo era de nacimiento, un individuo “aforado,” perteneciente a una familia influyente y con claras y poderosas relaciones en el gobierno de Batista. Por ello, hasta los propios Batistianos, no sólo respetaron los derechos de semejante asesino, sino que incluso lo trataron con respeto y hasta con admiración. Prueba de ello es lo intocable que resultó Castro y su grupo durante su corta estancia en la Prisión de Isla de Pinos, sobre el cual su posterior propaganda arrojó toda suerte de mentiras. Prueba de ello es el juicio constitucional que se le practicó, en lugar de aplicarle un juicio militar y sumarísimo, como debía ser más apropiado en una dictadura posteriormente criminalizada más allá de toda imaginación. Pruebe de ello es que se le dejó, erróneamente, hablar a Cuba y al Mundo desde ese juicio a un ser incomparablemente egocéntrico cuyo único objetivo era embaucar a su interlocutor para obtener el poder. Prueba de ello es que simple, llana e “inexplicablemente” se le deportó, en lugar de fusilarle, como debería ser más apropiado, no sólo en una dictadura indeciblemente exagerada a lo largo de todos estos años, sino de cualquier sistema ordinario en el mundo, desde una democracia hasta una república, que trate jurídicamente semejante acto terrorista y criminal.
Fidel Castro, un día como hoy, asaltó un cuartel en unas circunstancias militarmente de casi indefensión y aún así su agresión fue repelida y aplastada, lo cual estaba previsto por añadidura en su plan; en un plan que naturalmente no conocía el primer grupo de forajidos e instigados asaltantes, que sí creían en la versión de éste, dada para ellos, según la cual, aniquilarían a los soldados desarmados y desprevenidos, y robarían las armas para escaparse finalmente a las montañas, si no lograban hacerse fuerte en el cuartel y tomar posteriormente la ciudad. Objetivo que, en el improbable caso de lograrse, habría representado para Castro una incalculable relevancia del hecho, y en consecuencia, un incomparable golpe de efecto que le catapultaría ya directamente no sólo al pretendido liderazgo del más importante movimiento insurgente contra Batista; sino de todos los grupos y líderes de este tipo concentrados fundamentalmente en La Habana. Si por el contrario el asalto fracasaba, como era de esperar, se procedería a la aplicación de ese plan mediático por el cuál, “inexplicablemente,” el régimen de Batista simple y llanamente le deportaría.
En 1989, por establecer un comparativo con los cientos de miles de casos de fusilamiento indiscriminado a manos del castrismo, un grupo de balseros compuesto por cuatro personas que intentaban su huída por la playa de Tarará, al Este de La Habana, fueron relacionados mediáticamente con una infiltración libertaria que tenía como objetivo establecer información y propaganda para la desobediencia civil, como método de oposición pasiva o no violenta. Obviamente la prensa del régimen les criminalizó propagandizando supuestas intenciones terroristas sobre la población civil y tomando, como siempre ha sido el caso, a la base social cubana de tonta, fusiló a este grupo de opositores mezclándolos, por si fuera poco en el paredón, con este sencillo y desesperado grupo de balseros. El resultado fue, por ende, el fusilamiento sin escrúpulo de aquellas cuatro personas, que al margen de toda la legítima ofensiva política de la oposición, simplemente pretendían huir de semejante dictadura.
Comparen ustedes…
REFLEXIÓN:
Ya sabemos cuán cala y funciona la publicidad en la mente social e individual, debido a los resortes de penetración que otorgan las costumbres socio-culturales de una determinada región, los cuales son desarrollados, perfeccionados y potenciados inimaginablemente en el caso de la propaganda política, más aún por una dictadura, mucho más aún por la dictadura sin igual de Fidel Castro. Ésta se convierte en todo un programa de control y sugestión psicoemocional de masas, que arrastra siempre a la mente individual, moralmente atrapada en una determinada conducta social y convenientemente divorciada del conocimiento estricto de los hechos que la generan o promueven, a ese exacerbado y artificial clamor general. Esto no lo inventó Castro, desde luego; sino que lo ideó y lo perfeccionó, ya en su día, la que fuera hasta el momento la incomparable maquinaria de propaganda de la Alemania Nacional Socialista, de donde “La Revolución Cubana” tona exactamente las mismas prácticas de distorsión y de inoculación de los hechos ficticios en las mente social, y de la destrucción de la verdad y de su búsqueda, a través del divorcio moral de las generaciones. Así pues, no es nada de extrañar que muchos individuos cubanos pertenecientes a las llamadas “generaciones de la revolución” desplazados al exilio y ya qué decir de los recluidos en la isla, duden no sólo de cuento decimos aquí, sino de cuanto se diga fuera de la inoculada y repetida versión “oficial” del tirano. Baste decir al respecto que ninguno, pero absolutamente ninguna de las fuentes consultadas para señalar aquí parte de la historia verídica y oculta del 26 de Julio, que vivieron de una u otra manera semejantes hechos, los recuerda ni remotamente similar a lo que vocifera la imparable maquinaria propagandística del régimen. Todos ellos sin excepción, recuerdan aquellos hechos tal y como caló en aquél momento, en el momento en que se produjeron, en la sociedad cubana: como un acto de terrorismo, como un crimen que sacudió emocionalmente, desde luego, la opinión cubana de entonces, que era a fin de cuantas lo que pretendía el patológico protagonismo de Fidel Castro, a partir del cual se trama su distorsión en el tiempo.
Como la principal lucha contra el castrismo comenzará irremediablemente tras su esperada caída, sabremos entonces, con pelos y señales, con nombres y apellidos, con puntos y comas, hasta el último detalle de nuestra historia imprescindiblemente llamada a revisión. Lo sabremos y lo expondremos en todo tipo de obra y evento, para mostrarle al mundo la verdad de semejante monstruosidad sufrida; para que trascienda generacionalmente la verdad y sólo la verdad, y para que finalmente el veredicto de la historia sea el único que esperan todos los cubanos sobre semejante represor, sobre semejante tirano, sobre semejante asesino, sobre semejante embustero: el de culpable.