SOBRE LOS ESBIRROS CASTRISTAS, CAÍDOS EN DESGRACIA CON SUS AMOS.

Al final, la “revolución” de los Castro, consiste únicamente en conservar ese poder mafioso sin igual y sin precedente alguno, sólo en unas poquísimas manos, o mejor expresado, literalmente sólo en las manos de los Castro. Y ahora hablamos en plural, porque estamos asistiendo a la trama de un traspaso forzoso, ya que desde siempre tal poder sólo ha sido la prerrogativa exclusiva de un solo hombre: el tirano Fidel Castro.
Ni siquiera ese reducidísimo círculo de confianza que siempre conformó la intocable cúpula del castrismo; ese que acompaña al tirano desde 1953 hasta nuestros días, es contemplado por éste como depositario de semejante propiedad unipersonal, incluido su propio hermano, que es en toda esencia y definición en lo que consiste la mal llamada revolución cubana. Por ello, los miembros de esa cúpula inseparable tienen claramente advertido y aceptado el límite de toda iniciativa individual respecto a su incursión en ese poder. Es por ello que esa cúpula de la confianza consolidada como “la cosa castrista,” en la que cada uno de sus miembros se pegaría un tiro antes de transgredir ese límite, o sea: el poder del comandante, representa la única tripulación posible para la dictadura de Fidel Castro, y por tanto, la única perspectiva de esa dictadura. Nadie, ni nada más, cabe en esos designios, pues la desconfianza infinita e insolucionable hacia toda perspectiva de esa revolución, es la que marca precisamente ese inmovilismo absoluto y esa propiedad absoluta del poder por los hermanos Castro. Un a desconfianza sin límite ni comparación en el mundo ni en la historia, que constituye en sí misma el gran calvario del tirano, que avizora por doquier, haga lo que haga, el final de su nefasta obra. Un final que se le presenta, a modo de fantasma, o bien a través de las manos de otro nefasto dueño considerado por él un intruso impertinente; o incluso, por el contrario, por una derivación natural hacia un verdadero sistema político, si dichos cambios desembocan finalmente en alguna clase de apertura. En este sentido, Castro es literalmente como el avaro que yace día y noche sin dormir ni comer, sentado sobre un cofre monedas, al que no deja que se acerquen ni sus propios hijos y a los cuales está dispuesto a degollar antes de permitir siquiera que toquen lo que él considera que es su propiedad absoluta. Por ello y entre otros motivos coyunturales, es que siempre se ha hablado propagandisticamente de relevo generacional: para dar una sensación interna a los adoctrinados de que la revolución de Castro no es una dictadura y de que deben prepararse para tal evento, con la consabida utilización de la población; para dar la sensación externa de que esa dictadura proseguirá allende la muerte del tirano y será eterna. Pues bien, aunque tardía, por suerte para el sufridísimo pueblo de Cuba, esto no es ni remotamente así y toda la prueba de ello es esa cúpula impenetrable que no entregará el testigo jamás, hasta que la revolución de los Castro muera con ellos, con la muerte literal de todos ellos.
O sea, que en la dictadura castrista está muy claro dentro de su reducida cúpula quien es dios y el orden jerárquico e inamovible de cada apóstol, y si esto es así, entre ellos mismos, ¿ qué queda para los demás, o sea, desde ellos hacia abajo.?
Pues queda simple y llanamente materia utilizable y sacrificable. Nadie está seguro ni a salvo en el entramado criminal de la dictadura de semejantes sicópatas. Bien es cierto que los que han renegado de su alma o los que nunca la han tenido y han servido activamente con rastrera complicidad al sostenimiento de semejante crimen sobre el pueblo cubano, tienen muy bien merecido la ira irrefrenable de estos hermanos locos. Ahí está la lista interminable de estos casos: Antonio De La Guardia, Roberto Robaina y un etcétera literalmente interminable que en estos días prosigue con unos de los más encarnizados enemigos del pueblo cubano de los últimos tiempos. Hablamos de ese verdugo, de ese lacayo incondicional, ese fanático perro guardián de los intereses de los Castro, ese nuevo títere caído llamado Felipe Pérez Roque.
Al final es bien cierto eso que dicen, que para un pueblo indefenso siempre le queda sentarse a esperar que pase por delante el cadáver de su enemigo. Pues ha caído éste, en desgracia con sus amos, lo mismo que todos los demás: es el destino inevitable de todo aquel que sirve a la dictadura castrista. Y muy sabido es que todos esos secuaces que han caído en desgracia con sus amos, los Castro, no vuelven ni volverán jamás ya no a su sombra y amparo, sino siquiera a ocupar un puesto de trabajo mínimamente digno en la base social del régimen; ni siquiera en la maltrecha base social de la población en Cuba. Por ello, después del consabido período de imploración que ahora está viviendo ese tal Roque, en que se arrastra como los demás caídos ante sus amos pidiendo clemencia y amparo, finalmente no le quedará otro remedio que emigrar; salir del país, disfrazando esa patada en el trasero con que le expulsan del régimen como un acto de exilio y de disidencia, para intentar socavar o seguir socavando un estilo de vida fraudulento, esta vez al lado de la oposición. Es lo que hacen todos los caídos sin excepción.
O sea, que al final, a la corta o a la larga, todos los cómplices sacrificables de la dictadura caen rotundamente en desgracia, para regocijo obvio y elemental de sus víctimas indefensas, con sus amos, con el mal que sufre el pueblo cubano, condenándoles a sufrir ni más ni menos que la misma suerte de sus propias víctimas. Es desde luego, en principio y sólo para empezar, un buen castigo a su condición deplorable de cómplices de la dictadura; pero no es ni remotamente el castigo acorde a sus propios crímenes y delitos, al establecimiento de una justicia penal sobre todos sus actos criminales cometidos contra el pueblo cubano. En consecuencia, señalamos que no por este hecho, que por otra parte y muy por supuesto nos regocija sobremanera, estos secuaces y testaferros caídos eludirán la acción de la justicia del pueblo cubano en el pos castrismo. A fe nuestra que no. De hecho, toda la oposición y el exilio debe estar bien alerta para negarles ese recurso infame al que todos ellos acuden sin dilación, para pasarse al otro bando y seguir contaminando toda acción política y pública como un estilo de vida fraudulento, que es a fin de cuentas únicamente lo que son, lo que han sido siempre y serán. Es esto invariablemente lo que hacen todos ellos, matemáticamente hablando, cuando son abandonados por sus amos a los que sirvieron criminalmente sin condición alguna, a los que sirvieron como verdadera punta de lanza contra los más elementales derechos del pueblo de Cuba, incluida la propia vida literalmente hablando, de sus hijos muertos de hambre por la falta de alimentos que ellos han provocado; muertos por la falta de medicinas y de recursos médicos que ellos mismos han provocado estableciendo el consabido apartheid medico en Cuba y por la exportación infame de todas las donaciones provenientes del mundo entero; muertos por torturas inenarrables en los centros de detención y en las cárceles; muertos por fusilamientos aleatorios sin justicia alguna y sin siquiera juicio alguno; muertos en el presidio y en el confinamiento poblacional, en las condiciones más extremadamente infrahumanas y muertos en el estrecho de la florida, en el mar, intentando huir de toda la perversidad del castrismo, la cual no hubiera sido posible sin la ayuda precisa de todos y cada uno de esos cómplices, ahora caídos en desgracia con sus amos. No lo olvidemos nunca y actuamos en consecuencia desde ahora y hasta el momento justo de su juicio penal, después de la muerte del tirano. Juzgarles a todos ellos y condenarles por sus crímenes en su condición de cómplices de la dictadura, será exactamente lo mismo que juzgar y condenar al mismísimo tirano de Cuba Fidel Castro, el cual no se librará en lo absoluto de su condena aunque haya muerto.
No son nada sorprendentes las llamadas reformas del ejecutivo de Raúl Castro, aún muy a la sombra o bajo la guía indiscutible de su hermano. Se trata simplemente de los cambios a que está obligada a hacer constantemente esa dictadura si quiere sobrevivir, pues de ello se trata: de una supervivencia marcada obsesivamente por la desconfianza y la vigilancia constante a todos sus esbirros, desde el más alto hasta al más bajo. Una desconfianza patológica que tiene su fundamento en el hecho de que el régimen de Fidel Castro no es en realidad ningún sistema político económico, sino simplemente una voluntad patológicamente impuesta sobre todos y sobre todo. Lo han hecho siempre, incluso en los momentos de mayor cobertura o complicidad política y económica con la dictadura en el mundo; momentos extremadamente duros y gravosos para el pueblo cubano, a los que sin duda alguna estamos volviendo nuevamente. Al final, el fin de la “revolución de los Castro” sobrevendrá única y exclusivamente a partir de la propia naturaleza de absoluta imposición de su dictadura, la cual sólo comenzará a derivar hacia cualquier cosa, a partir de la desaparición física de esa escuálida cúpula que persevera, si antes no escapa a su férreo control, alguien de dentro que precipite esos esperadísimos acontecimientos. Entonces, entrará por primera vez en la escena política el propio pueblo de Cuba, e impondrá la justicia imprescindible para alcanzar cualquier clase de libertad, sobre todos los actos criminales de la dictadura, incluido por supuesto todos y cada uno de esos actos cometidos por todos y cada uno de los testaferros caídos como Felipe Pérez Roque.