EL PRIMERO DE MAYO: UNA EFEMÉRIDE QUE DELATA EL CARÁCTER Y LA FUNCIÓN ÚNICA DE PARTIDOS POLÍTICOS ANTISISTEMA DE LOS SINDICATOS, COMO FALSOS REPRESENTANTES DE LOS TRABAJADORES EN EL MUNDO Y EN LA HISTORIA.

 

Nunca antes en toda la historia de España, ha sido tan abierta, tan declarada y tan descarada la relación de sintonía entre los sindicatos y los partidos de izquierda o de extrema izquierda, valga la redundancia.

 

         Anterior a 1917, la absoluta mayoría por no decir que literalmente la totalidad de los sindicatos en Europa, actuaban en el seno de las entonces nacientes sociedades liberales occidentales, como vehículos de inoculación ideológica del marxismo en la desinformada clase trabajadora. Esta clase, comenzaba por adherirse a ellos en la procura de la defensa de sus derechos como conflictos de parte que suponen las relaciones laborales, y terminaba odiando fanáticamente al sistema entero por el adoctrinamiento ideológico a que era sometida. Tal idea aberrante de inoculación de la mente social para la captación de militancia y para el control político de las masas, ya había sido diseñada por los partidos marxistas europeos, que incluso creaban directamente asociaciones sindicales a tal menester y penetraban totalmente a todas aquellas que se formasen al margen de su tutela y de su propaganda. El resultado fue que todos los sindicatos de trabajadores que se creaban terminaban funcionando como partidos políticos marxistas o de izquierdas, valga la redundancia para aquellos tiempos y para éstos. Pues todos los sindicatos, exactamente los mismos que padecemos hoy en día, realizaban una actividad ideológica enfermiza, constante e imparable en el seno de todas las sociedades europeas, en pos de utilizar a los trabajadores como soldados en la implantación de la dictadura del proletariado. Esa era su única función, entonces más o menos encubierta, hoy en día abiertamente declarada a los cuatro vientos, siempre en detrimento de las necesidades reales y únicas de los trabajadores, de la sociedad en general y incluso de las leyes de sistemas y de los preceptos más esenciales de la constitución española, a la que aborrecen con indecible fanatismo y contra la que cargan histérica e impunemente hoy en día.

 

         Ya en el imperio soviético, entiéndase el sistema comunista impuesto en todos aquellos países que lo sufrieron, los “sindicatos de trabajadores” se definían ya directamente y sin remilgos, como un apéndice de los omnipresentes partidos comunistas, dislocando o degenerando en extremo toda la razón por la cual debería existir y funcionar un verdadero sindicato de trabajadores. Llegó a ser tal la identificación, la fusión o la dependencia entre partido comunista y sindicato, que todos los que nacían en el seno de aquellas dictaduras llegaban a creer que los sindicatos no eran más que departamentos de “atención al pueblo,” lo mismo que los departamentos de cultura o economía de aquellos partidos que determinaban absolutamente todo, hasta las cuestiones más estrictamente personales e íntimas de un ciudadano.

 

España, fue el país “occidental y europeo” donde estas prácticas comunistas de utilización y apropiación de los sindicatos, entre otras, calaron al pié de la letra, y no lo hicieron de manera fortuita, sino que vinieron inoculadas precisamente por el entonces gran imperio del marxismo: La Unión Soviética. A partir de este punto, ya todos conocen las históricas consecuencia de esa penetración: la guerra civil y el gran disparo por la culata para aquel nefasto imperio que supuso su desenlace.   

 

Desde entonces y hasta nuestros días, pese a que por uno u otro sector de la sociedad española se matice esta relación, semejante definición y función común entre partido marxista y agrupación sindical no ha variado en lo absoluto. De hecho, se ha radicalizado fanáticamente, precisamente desde el desenlace de aquella guerra que intentó imponer en España aquellas dictaduras marxistas aún hoy en día reivindicadas. Una reivindicación que se ha convertido ya en el principal fundamento doctrinal de la ideología de todas las izquierdas y de todos los sindicatos, valga nuevamente la redundancia. Una reivindicación que tuvo o sufrió un nuevo varapalo o un nuevo disparo por la culata: La Transición Española de 1978. Ante este nuevo revés, tal reivindicación se ha mantenido hasta nuestros días como un fantasma que acecha constantemente a lo que esos partidos y esos sindicatos más odian: el sistema de derecho español expresado mediante la democracia; un sistema libertario que supone para todos los partidos de izquierdas y para todos los sindicatos, la imposibilidad absoluta de aplicar su irrenunciable sistema de poder.

 

Es por ello que hoy más que nunca, ante la efeméride de la corrompida “fiesta de los trabajadores” y ante los episodios más graves de guerra antisistema a los que estamos asistiendo precisamente de la mano de la izquierda en España, la de siempre, incluidos los sindicatos como meros apéndices de éstas, señalamos desde aquí el gran fraude que supone la actividad sindical en España y en prácticamente todo el mundo.

 

Los sindicatos no son otra cosa, hoy en día, que una falsa representación de los trabajadores; no son otra cosa que una atroz tergiversación de las funciones por las cuales debería existir cualquier sindicato en el mundo y en la historia: la de la representación estricta de los intereses laborales y jurídicos de los trabajadores. En cambio o por el contrario, los sindicatos actuales, muy especialmente los españoles, no son otra cosa que partidos políticos de extrema izquierda, o sea, partidos antisistemas, partidos que hurgan activamente en el seno de la democracia, siempre en perjuicio absoluto del sistema de todos y en pos de su objetivo histórico: el de su destrucción. Tal objetivo requiere, como entonces y más que nunca, que la maleada función sindical se centre en constituir únicamente un medio ideológico para adoctrinar a los trabajadores, para generar en ellos fundamentalmente un odio fanático, visceral e irracional contra el sistema de todos, en lugar funcionar sanamente como lo único que deberían ser: entidades gestoras de los intereses y las necesidades administrativas y jurídicas de los trabajadores en los conflictos propios e inherentes a los mercados laborales y económicos.  Y este es el kit de la cuestión: mientras exista la más mínima ideología política antisistema en una asociación sindical cualquiera, ésta no será nunca un sindicato real y sí un problema penalmente hablando para el sistema de derecho; será siempre lo que  suponen hoy en día los sindicatos españoles: un agravio, un perjuicio y un flagrante delito contra los trabajadores mismos y contra todo aquel entramado jurídico y económico que hace posible el bienestar y el desarrollo de esos trabajadores como grupo social y como personas. 

 

El complot ideológico contra los trabajadores que define la razón de ser de todos y cada uno de los sindicatos en España, para utilizarlos en sus propios fines de guerra contra el sistema político de derecho al que necesitan y pretenden destruir, no supone otra cosa que un rotundo flagrante y absoluto delito de sistema, que debería ser perseguido y rectificado fulminantemente de oficio ya en elementales términos constitucionales.