RAJOY YA ES UN CADÁVER POLÍTICO.
Rajoy ya es un cadáver político. Su despeñadera comenzó mucho antes de la pasada campaña electoral, al no oír a los militantes de base y a los votantes de ese y de algún que otro partido menos democrático, que le pedían a gritos y a diario, que recondujera el descontento popular hacia una moción de censura, en toda regla, contra un gobierno claramente antiespañol y antisistema; contra un “gobierno” absolutamente incompatible con cualquier noción elemental de democracia, el cual, por si fuera poco, había subido al poder por un acto de imposición y no por un proceso de elección. Desde el principio de esta fanática guerra de sistema que se libra hoy más que nunca contra España, o sea, desde el 11 y 14 de Marzo de 2004, toda la base social española que sí aboga por el sistema de derecho, ha manifestado en todo momento, sin ser escuchada, que semejante gobierno y semejante legislatura sean declarados ilegítimos por el tribunal constitucional y, en consecuencia, invalidados a favor de la rectificación de todas y cada unas de las violaciones cometidas entonces, incluyendo el propio acto criminal de la voladura de los trenes. En cambio y en contra de este clamor popular, y debido precisamente al inenarrable poder de los antisistemas en España, se prosiguió con tan infame imposición, con esa impuesta legislatura en la cual, desvelando cuanto menos su abierta complicidad criminal, se prosiguió nada más y nada menos que con los objetivos ideológicos de los autores de esos atentados, ante la actitud vacilante y acomplejada de un PP aturdido y en el limbo. La sociedad en general, entonces, estaba pidiendo a gritos que tanto el programa de oposición como el posterior programa de campaña electoral del PP, se centrara en el desentrañamiento de la verdad de los atentados del 11 M; se centrara en la proclamación de nulidad de aquellas ilegítimas y fraudulentas elecciones; se centrara en atajar todos y cada uno de los casos de escándalos antisistemas cometidos desde entonces por el PSOE, desde la resucitación política y operativa de la ETA, hasta la resucitación de la guerra civil para sabotear la convivencia alcanzada. Esta sociedad pedía a gritos al PP, que centrara su política y su campaña, con igual tenacidad, en la denuncia de todos y cada uno de los casos de corrupción ya insuperables, que se habían cometido en tan corto tiempo. Todo ello debió de denunciarse a diario, con pelos y señales, en la anterior legislatura y predominar en la pasada campaña como eje de toda la estrategia electoral. Pero Rajoy no escuchó a esas bases y decidió omitir todos y cada uno de esos escándalos orquestados por el PSOE y por sus aliados; lo hizo pese a que cualquier partido político en cualquiera de los países democráticos, hubiera ganado las elecciones de haberlos esgrimido adecuadamente en su campaña. En su lugar el candidato del PP decidió centrarse únicamente en su programa de gobierno, una decisión muy loable y desde luego sensata, si se tratara de unas elecciones normales y con respeto de todas las partes a la legalidad democrática. Y ese es el gran y fatal error cometido por Mariano Rajoy y por el PP, pues éstas no se trataban de unas elecciones normales; sino por el contrario, de una situación excepcional de guerra ideológica inoculada por el PSOE en la sociedad civil española. Ante un ladrón o un asesino convulso, no valen los buenos modales, los razonamientos intelectuales y menos aún las vacilaciones y las evasiones que siempre son interpretadas por el primero, como un miedo y una debilidad, lo cual incentiva aún más su agresión y su ataque. Pues análogamente el mismo caso ha ocurrido el 9 de Marzo de 2008 en la vilipendiada política española. En su campaña, Rajoy, asesorado por su entorno, omitió como fundamental e imprescindible recurso electoral, el abierto y constante enfrentamiento a esta cuestión; lo omitió, como si la situación electoral y en general socio política de la nación fuera natural, estable y segura constitucionalmente; lo omitió como si se tratara de unas elecciones ordinarias más, dentro del estado de derecho; como si los poderosísimos adversarios políticos y encarnizados enemigos del sistema, respetaran sin más esas reglas y se limitasen a competir honorablemente ateniéndose exclusivamente a sus respectivas propuestas políticas, y ya qué decir de plantear éstas con un mínimo de atino y proporción a las necesidades de una sociedad occidental moderna. Pues mientras el PP tan sólo se refería a su competente programa de gobierno, limitándose tan sólo a poco más que a los espacios de campañas que por ley les facilitan los medios, el PSOE hacía una feroz campaña prestidigitadora de la realidad, a toda hora del día, todos los días y en todos los medios, que sin duda calaba efectiva y emocionalmente en las mentes menos formadas y en las mentes más desinformadas. Lo hacía además, en todos los medios de comunicación, literalmente hablando, y muy sobre todo en los medios públicos, ilegalmente hipotecados o apropiados como virulenta plataforma vocera de partido. La sustracción emocionalmente caótica y enervante que necesitaba el PSOE para “tensionar a la población”en torno a las mentiras y las falsedades que le inoculaba sistemáticamente, no tuvo el antídoto imprescindible en la campaña realizada por el PP. La situación exigía una campaña excepcional y sin precedentes; exigía sacar a todos los militantes del PP a la calle, todos los días y a toda hora, estableciendo puestos de información en cada calle de todas las ciudades de España, para desenmascarar a los enemigos de nación y del sistema ante todos los ciudadanos. La situación exigía tomar, a fuerza de talonario, todos los espacios televisivos y radiofónicos para explicarlo de-le-trea-da-men-te, de principio a fin, con pelos y señales, machacadamente, sin descanso, sin final. La situación exigía cambiar totalmente el enmoquetado concepto del mitin y del acto político, y llevarlo sin perjuicio a todas las universidades, a las empresas, a las obras, a sus patios, a sus aulas, a sus comedores, a todas partes. La situación exigía plantear procesos penales por todos los agravios antisistemas cometidos contra la población, y no quedarse en la limitadísima bufada política con que apenas reaccionó el PP ante cada uno de estos desmanes. La situación exigía captar a la población en una fuerza de choque en contra de estos agravios, organizándola literalmente en torno al partido, en torno al sistema, en torno a España, como una obligada campaña de autodefensa de la sociedad ante sus históricos enemigos. A fin de cuentas, ésta era la única salida que le habían dejado al PP las arremetidas derogatorias de los antisistemas en bloque: la de contrarrestar, la de impedir semejante delito, con la elevación del orgullo español y con la participación activa de todas las bases sociales en la defensa del sistema de derecho, con la defensa urgente del sistema de todos. Pero el PP y su cúpula creen que nada de esto es necesario, creen que la defensa de estas cuestiones es exclusiva de un estrellato político, de una cúpula selecta que sólo menciona a las bases, en este sentido, para que aplaudan y les voten. Para nada más. Por eso y sólo por eso, perdieron las elecciones pasadas. Ellos sólo han perdido la posibilidad de volver al poder; pero España, con la imbecilidad de este partido, ha perdido la ocasión de retomar la senda libertaria, perdiéndose, sabrá Dios hasta qué punto, en este abismo sin fondo en el que continúa cayendo.