CASTRO, MUERTO DE MIEDO, SABE QUE SU BARBA O LO QUE QUEDA DE ELLA ESTÁ A REMOJO.

“El General en su Laberinto” Van cayendo las astillas de un mismo palo a manos de la estricta naturaleza de la sociedad civil, a manos de los propios pueblos que han oprimido y masacrado durante tantos años. Al final, todo mal cae preso de su propio veneno.
Castro defiende a Gadafi. Lo hace por tres razones: 1º- porque ha sido siempre su amigo personal, 2º porque ha sido siempre su aliado internacional en la guerra de sistema contra occidente, a través de la subversión en América Latina, en África y en Oriente, siempre a través del terrorismo y del narcotráfico, y 3º porque vé como todos sus compañeros de tiranía van pereciendo en la trampa de su propio mal y sabe que en cualquier momento, al menor descuido, él puede ser el próximo.
En apenas unas horas, Castro ha visto como sus antiguos compañeros de represión en el mudo, de la era dorada de las dictaduras que supuso la segunda mitad del siglo XX, han caído a manos de la justicia popular. El tirano se “estremece en su laberinto,” muy conciente de que lo que queda de su barba está completamente en remojo. “Tú serás el próximo,” le repetirá día a día su mala conciencia criminosa y por eso cierra más que nunca a cal y canto la isla, y por eso prohíbe hoy más que nunca el acceso de la población a Internet. Tiene miedo, tiene mucho miedo.
La defensa enardecida que ha hecho Castro sus colegas de tiranía en su privada televisión cubana y en toda su prensa privada en Cuba, que es literalmente toda, se debe en primerísimo lugar a este arrinconamiento, a este miedo, a ese terror que siente el tirano a acabar de igual forma. No obstante, históricamente y como prueba de la complicidad y el hermanamiento de todos estos regímenes sanguinario islamistas con el de Castro, tenemos ante todo el objetivo común de un poder dictatorial similar que ubica además como enemigo común a occidente. Todos y cada uno de ellos, todos esos tiranos que ahora caen a manos del propio pueblo que han oprimido en el norte de África y en oriente próximo, han pasado sus días de gloria en la Habana, invitados y agasajados por Castro, quien no ha dudado en obligar a la población a que les reciban como si fueran héroes. Castro va viendo como su final se acerca y cómo éste puede ser potencialmente el mismo que el de sus camaradas. En su memoria late día a día desde la experiencia de Chauchescu, pasando por Sadam Huseim hasta la actual experiencia de su aliado en el terrorismo y en el narcotráfico internacional, su amigo ideológico y personal, el sátrapa de Libia Muamar Gadafi. El cerco se estrecha y el “General,” o sea, el autodenominado “Comandante” se retuerce, se atormenta en “su laberinto” o sea, queda cada vez más confinado físicamente en la isla y cada vez más arrinconado por las consecuencias de su propia dictadura, que son exactamente las misma que han provocado la sublevación popular en el mundo islámico.
Que a ningún cubano le quepa la menor duda, de que Castro, el asesino de Cuba, siente en este momento miedo, mucho miedo. Razón de sobra tiene para ello y para sentirlo aún más, cuando la revuelta llegue finalmente a Cuba.