Hay muchos, pero muchísimos cubanos en este exilio desplazado a todos los países del mundo libre, que quieren hacer oposición. No hay en lo absoluto ninguna duda de ello. Ellos quieren, ellos necesitan imperiosamente, por su propia salud psico-moral, manifestarse mediante un claro compromiso político que les ubique individualmente en una reivindicación de todo aquello que le ha sido criminosamente arrebatado, que le ha sido sistemáticamente negado. Ellos necesitan sumarse claramente y sin reparo a  un determinado proyecto político que les contemple, que cuente con ellos y que por supuesto, sea afectivo, globalizador, creíble, poderoso, garante de canalizar sus deseos, sus sentimientos, y sus angustiosos clamores de justicia siempre desoídos.    

 

Toda una inmensa masa de exiliados, porque lo son en toda regla y como cualquier otro ejemplo, capaces y deseosos de intervenir en los procesos libertarios de la eventual Cuba futura; esa masa histórica, perenne o sistemáticamente ignorada por los diferentes grupos disgregados de la vilipendiada oposición cubana, objetivo, al igual que los primeros, de la acción de la inteligencia castrista en el mundo, en aras de anularla, de separarla, de desarticularla, de mantenerla inerte e incapaz.  

 

En esta gran masa, imprescindible para hacer realidad o cuanto menos creíble cualquier proyecto político de libertad y de justicia, no hay líderes, al menos no oficialmente hablando. Ellos no son, no pueden ser

emprendedores en la iniciativa política, porque en general y a duras penas pueden dedicar tiempo a plantearse una acción en consecuencia de sus credos  y sentimientos, dado la férrea condicionalidad, socialmente natural y políticamente artificial en que están irremediablemente atrapados. Ellos son hombres y mujeres de a pié, que como tales y especialmente por su condición sin igual de desplazados políticos, están fuertemente condicionados por las circunstancias socioeconómicas que determinan de manera constante todo su tiempo, ahogándolo, obligándolo en la más estricta trivialidad de los conflictos individuales que generan las relaciones sociales de su estatus; leyes naturales de los grupos sociales que, utilizadas y potenciadas adversamente por el régimen castrista incluso sobre esos grupos de cubanos desplazados al exilio, hacen recaer en ellos condicionantes criminosamente artificiales que le impidan pensar siquiera en hacer oposición.

 

Ellos no pueden hacer nada por sí solos, aunque quisieran, por la imperiosidad de esas necesidades, naturales por un lado y artificialmente creadas por otro, férreamente impuestas y condicionantes a favor genérico de los poderes, al caso que nos ocupa, de la dictadura sin igual que los controla y reprime incluso en el exilio. Ellos están sometidos a una condición reguladora sin igual, mucho más cruda que la que habitualmente soportan las bases sociales de esos países a los que han logrado arribar, no sólo por el difícil y traumático recomienzo de toda una vida que supone cualquier exilio como expresión más extrema de la emigración; sino por la utilización directa contra él, que el régimen hace de lo que ha dejado detrás y que supone su angustia diaria: propiedades, familiares, difuntos, y un largo etcétera que todos conocemos sobradamente. 

 

Pero ellos tienen ideas, conceptos y sentimientos muy claros sobre la libertad, sobre la justicia  y sobre el panorama futuro de Cuba, tanto o más incluso que los que por una u otra razón han llegado a una posición más o menos relevante dentro de la escasa estructura de la oposición a Castro, globalmente hablando.

 

Así pues ese hombre igualmente capaz, cubano, exiliado, desplazado, clama porque exista un programa valedero, homogéneo, contundente, de oposición al tirano y como tal, que desprenda acciones concretas en pos de ello, a las que sumarse. Un programa de acción real, capaz, que no se quede enclaustrado en una determinada ciudad del mundo ni esté sujeto a un determinado protagonismo individual o grupal; sino que se dé en el seno de toda una oposición unida en pos de ese propósito histórico innegablemente común: derrocar a la dictadura castrista, y que llegue literalmente a todos los rincones de éste, a todas las ciudades donde haya o no comunidad cubana  desplazada, tocando allí las puertas incesantemente de todos las instituciones cívicas y de gobierno de esos países, tanto da si le sean o no abiertas posteriormente.

 

Ese hombre cubano capaz, atrapado perennemente en las bases sociales e incomparablemente maniatado por su convulsa historia social y personal, que clama y necesita de toda la atención y la paciencia de todas las formaciones libertarias cubanas para reconducirlo a ese protagonismo social sin el cual las primeras no lograrán nunca jamás sus objetivos, políticamente definidos en su discurso, a interés precisamente de los segundos. Ese hombre capaz que necesita sobretodo mucha terapia psico-política para vencer ese recelo desorbitado que le han implantado desde la más abyecta ingeniería sociológica con que fue anulado y destruido como ser individual capaz durante su cautiverio; ese hombre aún potencialmente expeledor de grandes obras, que necesita una atención especial de todos esos grupos y líderes caótica y lamentablemente desperdigados, para vencer a ese mal interior, engendrado, que aún le anula, que le hace temer, que le causa un claro trauma psicológico, que le reprime y le auto reprime, que le causa la misma disgregación que a los que deberían ser para él un ejemplo y un cobijo, que le causa un estricto cuadro clínico psico-social, como consecuencia directa de la dislocación psicológica, moral y espiritual a la que ha sido incomparablemente sometido tanto en el confinamiento cubano como en el consecuente exilio. 

 

Todos, literalmente todos los hombres de las bases sociales cubanas desplazadas al exilio necesitan de un programa, de una iniciativa, de una actuación común de todos los grupos de oposición al tirano. Ellos necesitan imperiosamente de un programa sólido de actuación común contra la dictadura, que aglutine como una piña, primero a los grupos y personajes con mayor o menor relevancia, como ejemplo y coherencia, y luego, a todas esas bases sociales reconducidas, sin las cuales a fin de cuentas todo proyecto político libertario es imposible, es impensable.

Todos como a un solo elemento, sin que la diversidad de criterios, expresión virtual de la pluralidad futura de la soñada sociedad civil cubana, sea, como lo ha sido hasta ahora, un impedimento para el reorden y el trabajo en pos de esos intereses comunes imprescindibles, a los que tanto evocan los diferentes grupos en sus enésimos manifiestos: la libertad, la justicia, los derechos, etc. Es claramente éste el primer paso para que cunda el ejemplo en ese pueblo cubano desplazado al exilio y a éstas alturas bastante desmoralizado por los precedentes, y pueda entonces comenzar a librarse, con la ayuda de los primeros, de las cadenas que aún le hacen pasar desapercibido.

 

 

Son muchas, las actuaciones y las iniciativas de terapias para lograr la rehabilitación política de toda la base social de la comunidad cubana exiliada, y luego, de las acciones concretas para vencer al castrismo primero en el mundo y luego, ya arrinconado en su propia cárcel, en Cuba. Algunas de ellas se señalan desde esta página y pasan, en términos generales, por la organización de un frente común contra el castrismo integrado por todas las organizaciones y personas con mayor o menor relevancia, y por la rehabilitación política de toda la base social del exilio cubano en torno a ello, en torno a esa iniciativa concreta y eficaz, con hoja de ruta propia, para enfrentar a semejante monstruo en el mundo. Entonces y sólo entonces, todos los cubanos de a pié, desplazados a todos los rincones del mundo, pero absolutamente todos, según la calidad de ese plan de acción común, seguiremos a semejante empresa, marchando en pos de la libertad como lo que somos potencialmente desde siempre, como todo un ejército fiel a semejante propósito.