“SER CUBANO”
Cualquier cubano será siempre cubano, en todos los sentidos posibles del término, desde el más elemental concepto administrativo hasta la más profunda definición moral. Muy de seguro no es en lo absoluto necesario escribir sobre semejante fenómeno, dado que cualquier conflicto al respecto, derivado de los traumatismos inherentes a la emigración y el exilio, queda, a diferencia de otras penas, fulminantemente resuelto por una naturaleza innata e incondicional, que hace que nada en el mundo perturbe semejante sentimiento.
El régimen castrista necesita, con igual imperiosidad con que confina y reprime, hacer recaer semejante concepto en la regularización de su tutela administrativa, de cara a la gran masa de cubanos desplazados precisamente por su ilegitimidad criminosa. Dentro de la isla, este concepto administrativo pierde todo su valor, ya que literalmente el documento reflejante de tal condición es la propia isla cerrada a cal y canto, donde las necesidades del régimen, en torno a esta definición, estriba en producir desde su propaganda, un hipnotismo moral creado como doctrina para el control psico-social del hombre cubano, no sólo atrapado en ese espacio físico, sino en una masa abstracta e infranqueable que le otorgue al tirano el control sobre la siempre peligrosa y molesta individualidad.
Así pues, la definición de uno y otro cubano, los de dentro y los de fuera, es completamente diferente para el régimen, por una simple y llana cuestión de estrategias, definidas por el margen cualitativo de maniobras que tiene en uno y otro caso, para alcanzar a fin de cuentas un mismo objetivo: la neutralización del individuo, tanto del neutralizado hombre cubano confinado en la isla, como de ese individuo cubano medianamente libre al que, para neutralizar, necesita acudir a formulas muy diferentes que marcan precisamente la diferencia con que define y trata a uno y a otro. Fórmulas que además, forzosamente, terminan convergiendo por imperativo de la leyes naturales que mueven a un pueblo anhelante de la libertad y a sus represores a impedirla.
El régimen necesita pues definir como cubano, administrativamente hablando, a ese cubano medianamente libre por el simple hecho de haber eludido el confinamiento de la isla, muy por supuesto que en la medida de su propio horizonte personal. Consciente de que con él no funcionan los rebuscados mecanismos ideológicos, y que fuera del amparo de sus fronteras no puede emplear a fondo la sistemática y regodeada represión directa, echa mano de todo un repertorio de medidas de represión más o menos encubiertas, emanadas de su sistemática maquinación en la incomparable guerra de inteligencia sociológica que está obligado a librar contra el hombre cubano si quiere conservar el poder en los términos elegidos. Medidas que se van aplicando progresivamente según los casos, para neutralizar a ese hombre cubano medianamente libre desplazado hacia el exilio. Y todo comienza justamente por esta molesta definición, la cual se intenta anular, y de hecho se logra en gran medida, mediante el soborno que supone ese otorgamiento de “título o estatus de cubano residente en el exterior.” En un primer ejemplo de estas medidas, tal otorgamiento facilita a quien individualmente sea capaz de admitirlo, unos míseros privilegios sobre el resto de sus compatriotas confinados, sobre los que sentirse emancipadamente importante y próspero. Así pues el régimen traslada la mediana y “suficiente” libertad conseguida, de ese hombre cubano individual y moralmente incorrecto, nada más y nada menos que al lugar en donde tuvo que revelarse para ganarla; allí, donde esa escuálida libertad real se convierte de golpe, por efecto comparativo, en un repugnante libertinaje dado precisamente en esos privilegios que otrora imperaron inalcanzablemente sobre él.
Como hemos dicho, muy por supuesto que la aplicación exitosa de esta medida, está sujeta a la condición propia de cada cual, que marca la diferencia entre cubanos medianamente libres sobornados o dignos. Para este último, la tiranía reserva el siguiente escalón en la aplicación de sus medidas represoras en aras de tan importante conservación del título administrativo de cubano, a los que aplica el chantaje más abyecto y vil sobre sus familias, sobre sus propiedades, sobre todos sus intereses personales y elementos propios de la trayectoria de toda una vida, desde los certificados de ésta hasta sus propios muertos. Todo ello, es retenido y negado con la conciencia más criminosa del inescrupuloso régimen, en su procura imprescindible de que ese hombre cubano medianamente libre a través del exilio, acepte la titularidad administrativa de su natural condición, expedida por los primeros. Estos casos se dan, ni más ni menos, que en la gran mayoría de la comunidad cubana en el exilio. En ellos, el soberbio régimen, con extrema y perversa conciencia, impide la libertad de los familiares de ese cubano medianamente libre y exiliado, el cuál y ante lo cuál, inevitablemente, centrará todas sus acciones y muy sobre todo toda su “conducta”, que es a fin de cuentas el objetivo fundamental del régimen, en impedir que aumente el sufrimiento de los suyos. Hará entonces este cubano chantajeado todo, no sólo por mitigar en lo posible el sufrimiento de su familia, sino lo indecible, en la medida de su posibilidad y naturaleza individual, por lograr para los suyos esa libertad que completaría la suya con la soñadísima reunificación en cualquier parte del mundo, excepto como cubanos en el imperio de los castristas. Pero para ello necesita en principio, ni más ni menos, que aceptar la titularidad de cubano expelida por su chantajista, con el consiguiente reconocimiento legal y moral que ésta conlleva. Ello supone no sólo la anulación de su condición real de exiliado, sino la definición ante la opinión del mundo, ante sus estados y organizaciones, como censo de simples cubanos residentes en el exterior y naturalmente aceptadores de la “legalidad” y por tanto de la “moralidad” castrista, sin olvidar la sustanciosa fuente de financiación que supone para éstos la imposición laberíntica, arbitraria, absurda y especuladora, de semejantes tramitaciones de vejatorio obligado cumplimiento.
Naturalmente, ese cubano medianamente libre, que ahora chantajeado lo es mucho menos o vuelve a dejar de serlo completamente, no logrará, o cuanto menos le será extremadamente difícil lograr, la agónica liberación de los suyos y ya qué decir de la salvaguarda de todo aquello que sea determinantemente importante para él en la isla. Desde luego no lo logrará mediante el trato que hace con los castristas, sino que al final, exactamente igual que como sucede con la palabra del diablo, sólo tendrá posibilidad de lograrlo si los vuelve a burlar y recupera ya toda su libertad y dignidad.
Pero aún queda un reducto de cubanos medianamente libres en ese exilio, que ya sea por la fulminación de su propia familia, o por el difícil logro de la total reunificación de ésta para el aumento de su libertad, o simple y llanamente por mera cuestión de principios, no necesitan en lo absoluto, mucho menos de la mano de semejante régimen absolutamente ilegítimo como estado, mantener tan ilegal definición administrativa de cubanos sobre sí. Y menos aún lo necesitan, cuando al unísono todos esos cubanos medianamente libres en el exilio, llegan a comprender plenamente, por el proceso psico moral que se sufre en él, que son auténticos cubanos, en el más universal sentido moral, muy por encima y sobre todo muy a diferencia de todos aquellos que usurpan semejante definición desde posiciones criminosas que nada, absolutamente nada tienen que ver con la naturaleza que define elementalmente a un cubano, a un cubano de verdad, al único concepto y “título” de cubano posible: el que le otorga a cada cual sus propios sentimientos y su genérico perfil psíquico a la hora de reaccionar ente el universo como pueblo. Pero la ambición del régimen es tan psicóticamente infinita, que no se detiene ni siquiera ante la naturaleza. Por ello y para todos estos casos, el degradante régimen continúa sin reparar en la aplicación de esos métodos progresivamente perversos y sin límite alguno en el ideario del mal. En consecuencia recurre a prácticas que van desde el sabotaje a los medios de subsistencia de ese cubano medianamente libre, rebelde o cuanto menos reacio a aceptar semejante tutela degradante e ilegítima, hasta la amenaza, la coacción, la agresión física, el atentado e incluso el secuestro, en la medida de que esa molesta actividad del hombre cubano medianamente libre, en el ejercicio de sus más elementales derechos o en la simple procura de éstos, dañe, por su naturaleza necesariamente antagónica, los intereses que tan imperiosamente necesita imponer el régimen castrista sobre éstos si quiere existir, y muy sobre todo si quiere perdurar.
De lo que se trata a fin de cuentas es de impedir, a través de estos repugnantes métodos, no sólo la actividad libre de ese cubano exiliado que pudiera afectar siquiera a la imagen que el régimen se ha inventado para mostrarse al mundo; sino, de anular, censalmente la propia condición política de ese exilio, convenientemente convertido al final, de un modo u otro, en “ciudadanos cubanos residentes en el exterior, libres de entrar y salir de su tierra,” previo peaje no sólo de la redomada conducta exigida, sino de esos inimaginables importes especulativos por el título castrista de “cubanos.”
Con ello, además, logran aislar, de forma incomparablemente efectiva, a esos personajes más o menos relevantes de la vida social y política del exilio, que justamente por su inoperancia, su apatía y mercadeo enmoquetado como elite, son a fin de cuentas los últimos y decisivos culpables de que los castristas logren impunemente sus objetivos entre nosotros. Tantos estos objetivos, como muchos otros que tocaremos en otros artículos.
En resumen, lo que gana el régimen con todo lo expresado es definir a todos, a toda esta gran masa de cubanos desplazados por el exilio político en todos los países de Europa y parte de América, como colonia de cubanos, administrativamente hablando, residentes en el exterior, anulando con ello su condición innegablemente política y ubicándoles en una vulgar y simple emigración por razones meramente personales, o cuanto menos, equiparándonos al resto de los ordinarios flujos emigratorios del mundo. En la medida de que cada cubano medianamente libre acepte por una u otra razón la tutela administrativa del régimen sobre su condición natural de cubano, la propaganda de este miserable mentor sobre nuestra anulación como exilio y disidencia contará con un innegable argumento: el documento de identidad o pasaporte castrista identificándonos ante el mundo. Entonces da exactamente igual que le gritemos a éste nuestra oposición al castrismo. Para el mundo seremos exactamente lo que semejante documento define, e inimaginablemente mucho más, e ilimitadamente en contra de nuestro parecer, en la propaganda que tanto directamente el castrismo, como los enésimos grupos afines instalados en las instituciones de esos países medianamente libres que nos acogen, azuzan día a día a sus respectivas opiniones sobre una condición de nosotros mismos que no se corresponde a nuestros sentimientos, a nuestra naturaleza.
Al final, lo repugnantemente lamentablemente es que nuestros represores, los de siempre, logran sus objetivos sobre nosotros, incluso en nuestro pequeño espacio de libertad. Al final logran, exactamente igual que cuando estábamos confinados en la isla, que callemos, que no salgamos a la calle, que miremos para otra parte disimulando cobardemente cuando sus esbirros pasan por nuestro lado, anulando la poca libertad que hemos conseguido en estos países medianamente libres; al final logran que nadie nos defina o ni siquiera nos mire como lo que realmente somos: cubanos exiliados a consecuencia de la represión castrista; al final logran que acudamos a rendir nuestra obediencia a sus consulados, erigidos contradictoriamente en el seno de los llamados países libres, como monumento al mal y muestra elocuente de la culpabilidad que éstos tienen en la permisión de nuestra desgracia. Al final logran que nos miremos con recelos, con desconfianza; logran que la gran colonia de cubanos desplazados por el exilio esté desperdigada, incomunicada, diluida; al final logran, a fin de cuentas, convertirnos en sus embajadores cuando mostramos esos propagandísticos documentos que nos confieren el título de “Cubanos del régimen” en cualquier aeropuerto del mundo y allí donde sea necesaria una simple y vulgar identificación. Da igual que sepamos individualmente, según sea el caso, que semejante identificación no nos define. Simple y llanamente tal identificación nos señalará a favor del régimen.
La elección a semejante deshonra está triste y únicamente en nosotros, individualmente hablando, a falta de un referente moral y político que represente los intereses y el sentir de toda la colonia de base desplazada de Cuba como exilio en estos países de Europa, entre la cual el castrismo campea impunemente a sus anchas, aprovechando al máximo toda nuestra desunión, nuestra desorientación, y nuestra falta absoluta de liderazgos.